El chico tiritaba mientras el barco rompía las olas del mar.
No tenía ni idea de a dónde se dirigía el barco, él se había metido como polizón, con su forma de lobo cuando el barco estaba a punto de zarpar. El frío era tan intenso que su pelaje lobuno no podía reprimir sus temblores. El mar, con sus salpicaduras, tampoco contribuía a su bienestar, así que se decidió por buscar algo de ropa a bordo.
Por los sonidos y los olores sabía que había entre diez y doce marineros a bordo. Esperó hasta la hora de la comida para salir de su escondrijo, el hueco entre unos cajones en cubierta de popa. Con mucho cuidado, fue olisqueando hasta encontrar el camino hacia los camarotes. Mientras bajaba por las cubiertas del barco, vió a los marineros junto con el capitán, comían en un silencio hosco, sólo roto por el ocasional sonido de los cubiertos sobre los platos. Estaban comiendo algún tipo de ave con especias, y a Erik se le hizo la boca agua de pensar en darle un bocado.
Encogiéndose de hombros, pasó de largo el comedor y bajó otra cubierta, llegando a los camarotes. Tomando su forma humana, cogió algo de ropa: unos pantalones vaqueros, unas botas desgastadas y una sudadera impermeable, que se puso enseguida. Su cuerpo mientras hubo estado expuesto al frío había generado una capa de pelo parecida a la de su forma de lobo, resguardándole en parte de lo peor. Se puso las prendas por encima y salió por donde había entrado.
Oyó un ruido cerca de la puerta del camarote: dos marineros entraban tranquilamente charlando y se quitaban las ropas mojadas. Erik se metió debajo de uno de los camastros, intentando no hacer mucho ruido. Los marineros entraron en el camarote y se metieron en los camastros para descansar mientras Erik intentaba respirar lo menos posible para no hacer ruido.
Uno de los marineros metió la mano debajo de la cama buscando algo. Manoteaba por el suelo intentando dar con algo. En el suelo, cerca de la mano, había un libro y un cortauñas de metal. Deseando con todas sus fuerzas que el marinero no mirase, Erik le acercó el libro.
El marinero gruñó algo y levantó el libro. El otro le contestó "Bah, sólo es un libro de un tío obsesionado con las ballenas" y se dio la vuelta para dormirse. El marinero lector se tiró como media hora leyendo tranquilamente hasta que dejó el libro en el suelo y Erik pudo salir arrastrándose del camarote.
Pasó por los pasillos por los que había venido rápidamente, ocultándose en cada puerta por si algún marinero estaba cerca. Al llegar al comedor, el marinero encargado de cocinar estaba recogiendo los platos y tenía las sobras encima de una fuente. Tres suculentos muslos de pollo casi sin tocar.
Erik no perdió el tiempo, agarró un muslo y se deslizó en silencio a su escondrijo entre las cajas. Iba a ser un viaje muy largo.
con que robando muslitos eh???
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