El barco se desliza en la distancia, navegando entre las terribles olas que azotan esta parte del mar del norte. Más arriba del Círculo Polar Ártico el mar es traicionero y oscuro como una ventana que mira a la medianoche. La pericia del Capitán debe ser portentosa para salir airoso de los embates furiosos de unas olas bravas y dementes.
El chico se quita la mezcla de sudor y agua salada que tiene en la frente. Bajo el chubasquero que le cubre está sudando como un pollo, pues lleva trabajando tres horas sin parar. Desde que hace un mes le descubrieran los marineros y no decidieran tirarlo por la borda (algunos defendían esa postura con una vehemencia que asustó al chaval) trabaja para pagar su "pasaje"... más bien para que no cambien de opinión y le tiren por la borda a la primera de cambio.
Los marineros son hoscos, pese a que tienen buen corazón, y no le dan mucho la tabarra. No hablan mucho, ni siquiera entre ellos. Parecen perdidos en sus propios pensamientos, probablemente hablan dentro de sus mentes con los recuerdos del lejano hogar y sus seres queridos.
Recogiendo la última nasa de cangrejos, el chaval vuelve a tirarla por la borda con ayuda de otros tres marineros. Mira como cae en el agua y se hunde rápidamente, y no puede evitar pensar que el agua está demasiado fría... incluso para su pelaje de lobo.
- Vamos, muchacho, hemos acabado.- La voz de Bjorn, el capitán, atrona por encima del fragor de las olas desde la puerta del habitáculo del barco y saca a Erik de su ensimismamiento. Los marineros entran al "hogar" que supone la estructura de proa del barco, y comienzan a quitarse los chubasqueros amarillos que todos llevan. En silencio se dirigen al comedor, donde los marineros del siguiente turno han preparado la cena para todos. Erik se sienta y espera a que Bjorn haga el rezo de todas las noches: "Por lo que más quieras, Dios, no nos hundas el barco". Todos los marineros saludan el rezo con una sonrisa irónica y un "amén" musitado y se ponen a comer como si no hubiera mañana. Erik no se queda muy atrás en trasegar...
Los kilómetros van pasando, igual que los días, y el joven Erik ve en una soleada mañana la tierra que buscaba: Groenlandia. Un lugar salvaje donde su tío y su Tribu no le buscarán... hasta que sea lo suficientemente fuerte como para probar su inocencia.
A veces sueña con la muerte de su padre. El asesinato, se corrige. Lo ve todo como tras una bruma roja. El cuerpo de su madre, la ira que le embarga, los intentos de su padre por defenderse sin matarlo... y después la sensación de huir para salvar la propia vida.
El chico desembarca esa misma mañana. Los marineros, normalmente hoscos y huraños, le dicen adiós con la mano desde la cubierta. Todos menos Bjorn y el marinero amante de Moby Dick, que intentan convencerle de que es una locura.
Erik les da las gracias. Les promete que es mejor así. Si no tendrán problemas... pues seguro que su tío le está buscando. Sin mirar atrás salta la borda y se sube a la banquisa de hielo.
Entre los marineros se cruzan apuestas de cuánto tiempo aguantará antes de morir. La más halagüeña es de un día.
Le encanta decepcionar a la gente...