domingo, 29 de julio de 2012

Martillos en la puerta

El increíble martillo aplasta la puerta. No sólo la arranca de sus goznes, la hace pedazos. La volatiliza, con todo su poder destructivo enfocado en una dirección.

Las astillas vuelan, hacia dentro y hacia fuera de la habitación, salpicando a los dos lobos que están fuera y al cuerpo muerto que está dentro de la sala. Su figura, si pudiéramos juntar todos los pedazos y ordenar los órganos que están esparcidos por toda la sala de estar, podría llamarse "humanoide"

Es un hombre, que ronda la cuarentena, con el pelo blanco grisáceo, como el color de la nieve sucia un día de invierno. Su cráneo está reventado, toda la parte superior derecha desaparecida de la faz de la creación. El pelo manchado de materia gris de su cerebro. La boca, con los dientes desaparecidos, parece gritar en agonía, llena de sangre. La mandíbula inferior, debajo de una butaca de cuero marrón, parece estar mordiéndola.


Sus manos están destrozadas, como si los huesos hubiesen estallado en su interior, regando de sangre y músculo toda la sala de estar. Sus brazos, poderosos pese a su edad, están intactos... uno a un par de metros del cuerpo (de la mayor parte de éste) y el otro sobre una estufa de hierro negro, que empieza a ennegrecerse por el calor. Su tronco está a un metro más o menos de la cabeza, tiene marcas de cicatrices muy profusas, por todo el cuerpo. Se nota que son antiguas. Lleva un tatuaje de cuatro trazos escarificado en el pecho izquierdo, justo por donde unas garras del tamaño de una radial abrieron su sangriento camino.


Sus piernas no están a la vista. Están debajo de un sillón con orejas, arrancadas de cuajo de la columna vertebral. Aún llevan unos pantalones de pana marrón y unas botas de montaña.


Los lobos olisquean la escena, detenidamente, mientras por la puerta entra agachándose una mole de pelo y músculo. Es el dueño del martillo. Su pelaje es de color blanco por todo el cuerpo, menos en la melena, que tiene un tono rojizo muy característico. Gruñe algo a los lobos, que, atentos a su presencia, salen de la sala después de inclinarse ante su jarl.


El recién llegado se arrodilla frente a la cabeza del cadáver. Apoya el martillo en el suelo. Una bellísima creación de hierro puro, gris como el humo de una hoguera, con su mango cubierto por cuero negro trenzado. La cabeza del martillo es cuadrada, decorada con unos grabados en forma de dragones y runas nórdicas. Con una inmensa zarpa cierra el único ojo de la cabeza del cadáver.


- Has pagado con tu vida que el Wyrm te hiciera su presa, hermano.- Gruñe, con un tono ronco pero perfectamente entendible, en noruego.


Se levanta y se dirige a la chimenea. Sobre ella hay un martillo como el que él mismo posee. Está incrustado en la pared de piedra, como si lo hubieran lanzado. El mango de éste está trenzado con cuero rojo y el hierro que lo forma es más oscuro, casi negro. Lo arranca de la pared con algunas dificultades. En la cabeza del martillo hay restos de sangre y de un pelaje negro. Lo huele. Recoge su martillo del suelo mientras sale de la sala. En el descansillo de la casa, los dos lobos vuelven y le informan.


Uno de ellos, le comunica gestualmente que la mujer también está muerta. Parece ser que la mataron a puñetazos. El jarl gruñe y entra en la cocina.


Allí huele a sangre, a miedo, a su hermano y a su mujer. Sólo hay un ligero olor cerca de la puerta, el olor de su sobrino.

Se imagina la escena, su hermano matando a golpes a su mujer, y el chaval entrando después en la cocina y encontrándose la escena. Las marcas de garras por las paredes indican que el chaval cambió de forma y se fue a por su padre, encontrándolo en la sala de estar. Allí, forcejearon. El padre le lanzó el martillo, que sólo acertó de refilón. Y el fin está claro... el chaval ganó y se escapó.

El jarl ruge un poco, frustrado. Ahora tendrá que encontrar al chico.

Aúlla una orden, cambia a su forma lupus y sale de la casa en silencio, con el martillo de mango rojo entre sus fauces. Los otros dos lobos le siguen.

Empieza la cacería.

Vuelve...


Esto es un claro.
Un frondoso bosque lo rodea.

Un bosque antiguo, fuerte, resistente. Un bosque que susurra secretos. Un bosque que oculta todo tipo de habitantes.

En el centro del claro, un lago.

Un lago aún más antiguo que el bosque. Un lago anciano, sutil y sabio. Un lago que alimenta secretos. Un lago que no para de crecer.

En el centro del lago... una tumba, flotando sin rozar el agua.

Una tumba cerrada. Una tumba silenciosa, fría y triste. Una tumba que protege secretos. Una tumba que espera, tan inmóvil como la caricia de las estrellas.

La tumba es de cristal. Del cristal más bello y puro que puedas imaginar, solo que nunca llegarás a poder imaginarlo en todo su esplendor. En su interior, guarda la llave de toda vida. La cerradura de toda llave. La madre de todas las cosas... y las cosas de toda madre.

Es una mujer. Bajita. Tumbada. Parece dormida.

Su pelo es largo, espera, y tiene un tono verde como el de los ojos del mar. Sus ojos, cerrados, se mueven bajo unos párpados etéreos y suaves como las alas de una mariposa. Su nariz es pequeña, un poquito respingona. Sus labios están cerrados. Te juro que parecen más suaves que sus párpados.

Lleva un vestido sencillo, pero ni una sola reina podría hacerle sombra. Ni la reina noche con su cara de Luna y su manto de estrellas... pues la Luna es una de sus hijas y las estrellas son sus lágrimas. No veo más de su cuerpo. Casi no puedo mirarla, tal es la fascinación que ejerce en mí...

Ahora que lo digo...

Sus párpados dejan escapar una preciosa lágrima de plata, una lágrima que es como el susurro de la seda. Cae por su mejilla, rodando, rodante, imparable y preciosa. Cae en su pelo, que la abre paso hasta el límite de la tumba.

La pequeña lágrima que sigue rodando y se para, por un instante, en el límite de lo posible, haciendo equilibrios sobre el lago silencioso.

La pequeña lágrima, que como el trueno furioso que golpea la creación, cae en el silencioso lago y levanta olas, concentricas y casi imperceptibles. Una. Dos...

Y el lago estalla en una explosión de energía pura y silenciosa. El agua se convierte en un fuego blanco rabioso que vaporiza la tumba. Que la vaporiza a ella. Los árboles se inclinan hacia fuera un instante antes de desaparecer en el arrasador fuego blanco de la pequeña lágrima. El claro que desaparece...

...



Esto es un claro.
Un frondoso bosque lo rodea.

Un bosque antiguo, fuerte, resistente. Un bosque que susurra secretos. Un bosque que oculta todo tipo de habitantes.

En el centro del claro, un lago.

Un lago aún más antiguo que el bosque. Un lago anciano, sutil y sabio. Un lago que alimenta secretos. Un lago que no para de crecer.

En el centro del lago... una tumba, flotando sin rozar el agua.

Una tumba cerrada. Una tumba silenciosa, fría y triste. Una tumba que protege secretos. Una tumba que espera, tan inmóvil como la caricia de las estrellas.

Un suspiro, un suspiro cansado. "¿Hasta cuando tendré que esperar?" parece decir el suspiro "¿Cuándo volverán a reunirse mis hijos? ¿Cuándo estarán listos?"...

...

El suspiro que le encuentra, con el martillo apoyado en el suelo, mirando hacia delante en lo alto del acantilado, frío e inmóvil, tallado en el hielo puro. Sus ojos están tristes, echa de menos a su manada. Mucho. Le duele tanto...

Agarra el martillo, lo echa al hombro. Mira por última vez a la Luna, levantando la mano izquierda como si pudiese alcanzarla. "No puedes alcanzarla, pequeño Erik, así que preocúpate por lo que nos ocupa".

Mira al resto, reunidos sobre el acantilado. Su tribu. Su familia. Su clan.

Ruge, con energía, mostrando todos y cada uno de sus dientes. Puede ver como se acobardan ante él. Malditos engendros. Traidores...

Empieza a correr, el martillo canta con la voz del trueno. Hoy morirán muchos.

Después irá a buscar a su manada.

Lo promete ante Ella. No tendrá que esperar mucho más...