Acercáos, cachorros, y os contaré la historia de cuando los bravos guerreros de la Voluntad de Gaia se encontraron con el Gran Lobo en sus propios dominios. Como recordaréis, a Erik Garras de Trueno lo siguieron los esbirros del Wyrm hasta su patria Tribal, y su manada le seguía a él. Allí se encontraron con Fenris, el Lobo, el Rompedor de Cadenas.
Y así prosigue el relato...
Mientras su manada se levanta y sale, siguiendo a las emanaciones, Erik se queda un momento rezagado, pues Fenris tiene algo que decirle. De pie, se miran. De pie, se miden con la mirada, un ojo contra dos. Erik inca la rodilla haciendo caso de lo que el Incarna le dice. Cierra el ojo un momento y se ve en un claro en un bosque nevado...
Mira rápidamente alrededor, súbitamente consciente de que algo está más allá de la línea de árboles. Árboles fuertes como las raíces de las montañas; altos como las nubes, de negras agujas cubiertas de una fina capa de nieve.
Alguien avanza al claro que ocupa el joven, un hombre adulto envejecido, de pelo blanquecino, casi azulado en su blancura. Una capa de piel de oso (Quién sabe si no de Gurahl) cubre sus anchos hombros, bajo la que se ven unos pantalones marrones y una camisa blanca. Varias cicatrices cruzan su rostro adusto, como de madera vieja y gastada, cuando habla para dirigirse a Erik.
- Has crecido bien, muchacho... - avanza hasta quedar a un par de metros del Garou, que le observa con el ceño levemente fruncido.- Gracias por contar la verdad ahí dentro...
Erik no se mueve, parece que ni respira. Haciendo un esfuerzo, mira a los ojos de su padre, a los ojos de aquél que mató a su madre. A aquella que no puede buscar en ninguna parte de la Umbra, no importa lo lejos que vaya.
El antiguo Jarl sacude un poco la cabeza. Busca las palabras, pero parece que se le atragantan en la garganta. Carraspea, en un intento de llenar de sonido el silencio de su hijo, un silencio que pesa como el cielo y todo lo que contiene.
De pronto un espíritu cuervo aletea, posándose en el hombro del chico, que le dirige apenas una mirada rápida antes de volver a mirar a su padre.
- Díselo, Haakon Melena de Hielo... - habla el cuervo, sobresaltándolos a ambos.- Dile cuán orgulloso estás de él.
El joven no se inmuta. Echa a andar por la nieve que cubre el claro, en dirección a su padre. Éste se aparta de su camino, cabizbajo. Erik sigue andando cuando oye un leve murmullo, ahogado por la pena y el llanto del que sabe que no será perdonado, hace que se detenga a escuchar.
- Lo siento, hijo mío... Sabes que yo también quería a... - un gruñido de su hijo le hace saber que no pronuncie su nombre. El viejo se seca las lágrimas con una mano, carraspeando.- Sólo quería que supieras que estoy orgulloso de ti. Que eres mejor guerrero de lo que yo he sido...
El joven Erik se gira de medio lado, súbitamente triste en medio de su ira. No quería que su padre reconociese así su valía. Sigue andando sin mirarle.
Cuando ya ha desaparecido del claro, de vuelta al lado de Fenris, Haakon se sienta en la nieve.
- Que eres mejor persona de lo que yo seré jamás... y que siento mucho haberte hecho daño en el pasado, cegado por mi ambición.- levanta súbitamente la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas, brillantes.- Pero sé que tú lograrás lo que yo no pude hacer.
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Erik abre el ojo, al lado del Gran Lobo. Le mira un momento con ese único ojo que le queda. Sus palabras se repiten por toda la eternidad como la declaración quiénes somos los Fenrir. De cómo somos. Así se dirigió a Fenris el bravo Garou:
- Lo hago porque no hay nadie más, pero deja de tocarme las pelotas o tendrás que buscarte a otro para el trabajo.
Asintiendo, el Incarna le deja marchar. No deja traslucir su perplejidad, pero todos sabemos que se ha quedado sin habla.
Cerca de la puerta, Erik se reúne con su manada. Aún queda mucho por hacer.
