viernes, 21 de noviembre de 2014

El Gran Salón

Acercáos, cachorros, y os contaré la historia de cuando los bravos guerreros de la Voluntad de Gaia se encontraron con el Gran Lobo en sus propios dominios. Como recordaréis, a Erik Garras de Trueno lo siguieron los esbirros del Wyrm hasta su patria Tribal, y su manada le seguía a él. Allí se encontraron con Fenris, el Lobo, el Rompedor de Cadenas.

Y así prosigue el relato...



El Gran Salón empieza a vaciarse lentamente de guerreros, o de emanaciones de guerreros más bien, pues estamos en la Umbra y aquí no todo es lo que parece ser. Las hogueras siguen rugiendo con fuerza, pese a que llevan toda la noche encendidas y nadie ha traído más leña para el fuego. La espesa atmósfera de la sala está impregnada con los olores del asado, la miel, la salvia y la cerveza dorada que no falta en ningún cuerno. Los guerreros se levantan, grandes leyendas por derecho propio; deben serlo para sentarse en la mesa del Lobo.

Mientras su manada se levanta y sale, siguiendo a las emanaciones, Erik se queda un momento rezagado, pues Fenris tiene algo que decirle. De pie, se miran. De pie, se miden con la mirada, un ojo contra dos. Erik inca la rodilla haciendo caso de lo que el Incarna le dice. Cierra el ojo un momento y se ve en un claro en un bosque nevado...

Mira rápidamente alrededor, súbitamente consciente de que algo está más allá de la línea de árboles. Árboles fuertes como las raíces de las montañas; altos como las nubes, de negras agujas cubiertas de una fina capa de nieve. 

Alguien avanza al claro que ocupa el joven, un hombre adulto envejecido, de pelo blanquecino, casi azulado en su blancura. Una capa de piel de oso (Quién sabe si no de Gurahl) cubre sus anchos hombros, bajo la que se ven unos pantalones marrones y una camisa blanca. Varias cicatrices cruzan su rostro adusto, como de madera vieja y gastada, cuando habla para dirigirse a Erik.

- Has crecido bien, muchacho... - avanza hasta quedar a un par de metros del Garou, que le observa con el ceño levemente fruncido.- Gracias por contar la verdad ahí dentro...

Erik no se mueve, parece que ni respira. Haciendo un esfuerzo, mira a los ojos de su padre, a los ojos de aquél que mató a su madre. A aquella que no puede buscar en ninguna parte de la Umbra, no importa lo lejos que vaya.

El antiguo Jarl sacude un poco la cabeza. Busca las palabras, pero parece que se le atragantan en la garganta. Carraspea, en un intento de llenar de sonido el silencio de su hijo, un silencio que pesa como el cielo y todo lo que contiene.

De pronto un espíritu cuervo aletea, posándose en el hombro del chico, que le dirige apenas una mirada rápida antes de volver a mirar a su padre. 

- Díselo, Haakon Melena de Hielo... - habla el cuervo, sobresaltándolos a ambos.- Dile cuán orgulloso estás de él.

El joven no se inmuta. Echa a andar por la nieve que cubre el claro, en dirección a su padre. Éste se aparta de su camino, cabizbajo. Erik sigue andando cuando oye un leve murmullo, ahogado por la pena y el llanto del que sabe que no será perdonado, hace que se detenga a escuchar.

- Lo siento, hijo mío... Sabes que yo también quería a... - un gruñido de su hijo le hace saber que no pronuncie su nombre. El viejo se seca las lágrimas con una mano, carraspeando.- Sólo quería que supieras que estoy orgulloso de ti. Que eres mejor guerrero de lo que yo he sido...

El joven Erik se gira de medio lado, súbitamente triste en medio de su ira. No quería que su padre reconociese así su valía. Sigue andando sin mirarle.

Cuando ya ha desaparecido del claro, de vuelta al lado de Fenris, Haakon se sienta en la nieve.

- Que eres mejor persona de lo que yo seré jamás... y que siento mucho haberte hecho daño en el pasado, cegado por mi ambición.- levanta súbitamente la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas, brillantes.- Pero sé que tú lograrás lo que yo no pude hacer.

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Erik abre el ojo, al lado del Gran Lobo. Le mira un momento con ese único ojo que le queda. Sus palabras se repiten por toda la eternidad como la declaración quiénes somos los Fenrir. De cómo somos. Así se dirigió a Fenris el bravo Garou:

- Lo hago porque no hay nadie más, pero deja de tocarme las pelotas o tendrás que buscarte a otro para el trabajo.

Asintiendo, el Incarna le deja marchar. No deja traslucir su perplejidad, pero todos sabemos que se ha quedado sin habla.

Cerca de la puerta, Erik se reúne con su manada. Aún queda mucho por hacer.


martes, 18 de marzo de 2014

La isla del hielo

El barco se desliza en la distancia, navegando entre las terribles olas que azotan esta parte del mar del norte. Más arriba del Círculo Polar Ártico el mar es traicionero y oscuro como una ventana que mira a la medianoche. La pericia del Capitán debe ser portentosa para salir airoso de los embates furiosos de unas olas bravas y dementes.

El chico se quita la mezcla de sudor y agua salada que tiene en la frente. Bajo el chubasquero que le cubre está sudando como un pollo, pues lleva trabajando tres horas sin parar. Desde que hace un mes le descubrieran los marineros y no decidieran tirarlo por la borda (algunos defendían esa postura con una vehemencia que asustó al chaval) trabaja para pagar su "pasaje"... más bien para que no cambien de opinión y le tiren por la borda a la primera de cambio.

Los marineros son hoscos, pese a que tienen buen corazón, y no le dan mucho la tabarra. No hablan mucho, ni siquiera entre ellos. Parecen perdidos en sus propios pensamientos, probablemente hablan dentro de sus mentes con los recuerdos del lejano hogar y sus seres queridos.

Recogiendo la última nasa de cangrejos, el chaval vuelve a tirarla por la borda con ayuda de otros tres marineros. Mira como cae en el agua y se hunde rápidamente, y no puede evitar pensar que el agua está demasiado fría... incluso para su pelaje de lobo.

- Vamos, muchacho, hemos acabado.- La voz de Bjorn, el capitán, atrona por encima del fragor de las olas desde la puerta del habitáculo del barco y saca a Erik de su ensimismamiento. Los marineros entran al "hogar" que supone la estructura de proa del barco, y comienzan a quitarse los chubasqueros amarillos que todos llevan. En silencio se dirigen al comedor, donde los marineros del siguiente turno han preparado la cena para todos. Erik se sienta y espera a que Bjorn haga el rezo de todas las noches: "Por lo que más quieras, Dios, no nos hundas el barco". Todos los marineros saludan el rezo con una sonrisa irónica y un "amén" musitado y se ponen a comer como si no hubiera mañana. Erik no se queda muy atrás en trasegar...

Los kilómetros van pasando, igual que los días, y el joven Erik ve en una soleada mañana la tierra que buscaba: Groenlandia. Un lugar salvaje donde su tío y su Tribu no le buscarán... hasta que sea lo suficientemente fuerte como para probar su inocencia.

A veces sueña con la muerte de su padre. El asesinato, se corrige. Lo ve todo como tras una bruma roja. El cuerpo de su madre, la ira que le embarga, los intentos de su padre por defenderse sin matarlo... y después la sensación de huir para salvar la propia vida.

El chico desembarca esa misma mañana. Los marineros, normalmente hoscos y huraños, le dicen adiós con la mano desde la cubierta. Todos menos Bjorn y el marinero amante de Moby Dick, que intentan convencerle de que es una locura.

Erik les da las gracias. Les promete que es mejor así. Si no tendrán problemas... pues seguro que su tío le está buscando. Sin mirar atrás salta la borda y se sube a la banquisa de hielo.

Entre los marineros se cruzan apuestas de cuánto tiempo aguantará antes de morir. La más halagüeña es de un día.

Le encanta decepcionar a la gente...